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El realismo sucio

El realismo sucio no tiene que ver con una alabanza de la basura, ni del lenguaje soez, ni de los personajes malolientes, sino con una forma de narrar historias de gente corriente.

Se ha dado en llamar también minimalismo, por su lenguaje sencillo y porque se suele utilizar para ello los mínimos recursos para contar historias cotidianas sin añadir apenas figuras retóricas, huyendo de las moralejas y casi siempre dejando sus historias sin cerrar.

Visto así, el planteamiento, promete muy pocas emociones. Pero es ahí, con tan pocos elementos, donde los escritores pueden mostrar su auténtico talento literario.

Los relatos y novelas escritos de este modo de observar el mundo no reflejan sucesos extraordinarios, sobrenaturales o alejados de la cotidianidad común, sino fragmentos de vida idéntica a la de los propios lectores. Mundos grises, rutinarios, desesperanzados, ausentes de heroísmo, que reflejan la verdadera naturaleza del ser humano.

Aquí las historias se deben contar con la mayor naturalidad posible, como cuando una persona le cuenta a otra cosas aparentemente sin importancia, en voz más bien baja. La función del narrador es pasar totalmente desapercibido y comportarse como una auténtica cámara de fotos.

Los personajes que habitan estos relatos y novelas no son seres extraordinarios.

Las historias no terminan. En algún momento parece que va a suceder algo crucial, pero su historia se cierra sin que los conflictos cotidianos que están viviendo queden resueltos.
El narrador, tanto si está en tercera persona como si utiliza la primera, no juzga ni analiza nada de lo que allí ocurre: simplemente lo muestra con minuciosidad absoluta, sin expresar ningún juicio de valor. Y no es que el narrador no le importe lo que allí sucede, al contrario, es tan importante para él la historia que está contando, que se contamina del lenguaje de los personajes y deja que sea el lector el que saque las conclusiones.

El realismo sucio es un género minimalista, y renuncia a todo aquello que no sea imprescindible para la narración. Las descripciones son mínimas; el lenguaje, terso y llano; las historias cuentan anécdotas pequeñas, y los personajes simplemente sobreviven como pueden a la desesperanza y la mediocridad.

Es otra forma de escribir. De pronto ya no existen los héroes, y las historias que se cuenta, rutinarias y vulgares, jamás aparecerán en ninguna página de los periódicos.

¿Entonces, para qué contarlas?

Pues porque esas son las historias que vivimos normalmente todos los lectores.
El realismo sucio no muestra las grandes pasiones desmedidas ni los sentimientos más elevados del espíritu humano, sino la vida en sus peores momentos.

Y porque además, esos problemas que se plantean en los relatos, reflejos de la vida real, no pueden tener una solución en el interior del libro, sino en el exterior: en la vida privada de los lectores. No se trata de tranquilizar conciencias y resolver problemas, sino de mostrarlos y dejarlos abiertos, para que los lectores intenten resolver en realidad los conflictos planteados en la ficción.

Los autores del realismo sucio, nos cuentan que hay conflictos que no se resuelven nunca y con los que tendremos que vivir el resto de nuestras vidas; que hay personas que jamás serán felices (o que solo lo serán muy de vez en cuando para recordarles que la felicidad existe)

El realismo sucio habla de lo común y cotidiano como el elemento más importante y consustancial de nuestra existencia de hombres grises hundidos en el barro.


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