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ELRIC DE MELNIBONE (M.MOORCOCK)

 

Su carne es del color de una calavera blanqueada al sol y el largo cabello que le cae sobre los hombres es de un blanco lechoso. En su testa ahusada y hermosa destacan dos ojos sesgados, tristes y de color carmesí, y de las amplias mangas de su blusón amarillo surgen dos manos delgadas, también del color del hueso, que descansan en los brazos de un trono esculpido en un único e inmenso rubí.
Los ojos carmesí muestran preocupación y, de vez en cuando, una mano se alza para tocar un yelmo ligero, colocado sobre la cabellera blanca, un yelmo fabricado con una aleación oscura y verdosa exquisitamente batida hasta darle la forma de un dragón a punto de emprender el vuelo. Y, en la mano que acaricia la corona con gesto ausente, luce un anillo con un raro solitario de piedra de Actorios cuyo corazón cambia a veces perezosamente y toma nuevas formas como si fuera humo dotado de conciencia, tan inquieto en su prisión diamantina como el joven albino en su Trono de Rubí.
Contempla la extensa escalinata de peldaños de cuarzo en la que se entretiene la corte, bailando con tal delicadeza y etérea gracia que parece un cortejo de fantasmas. Él reflexiona mentalmente sobre cuestiones morales y tal actividad, por sí sola, le separa de la gran mayoría de sus súbditos, pues estos no son humanos.
Tales son las gentes de Melniboné, la Isla del Dragón, que gobernó el mundo durante diez mil años y que perdió su mando hace menos de quinientos años. Son gentes crueles y astutas y, para ellos, la moral no va más allá del debido respeto a las tradiciones de un centenar de siglos.
Para el joven, cuatrocientos veintiocho descendiente en línea directa del primer Brujo Emperador de Melniboné, la arrogancia de las gentes es presuntuosa y estúpida; es evidente que la Isla del Dragón ha perdido la mayor parte de su poder y pronto, en un par de siglos, se verá amenazada por un conflicto directo con las naciones humanas en alza a las que denominan con cierto aire condescendiente, los Reinos Jóvenes. De hecho, algunas flotas piratas han hecho ya incursiones sin éxito sobre Imrryr la Hermosa, la Ciudad de Ensueño, capital de Melniboné, la Isla del Dragón.
Y, sin embargo, hasta los amigos más próximos al emperador se niegan a tratar la posibilidad de la decadencia de Melniboné. Les disgusta oírle mencionar el tema y consideran sus observaciones inconcebibles y, más aún, una grave falta de buen gusto.
Así pues el emperador medita a solas. Se lamenta de que su padre, Sadric LXXXVI, no hubiese tenido más hijos, pues así habría podido ocupar su lugar en el Trono de Rubí otro monarca más adecuado. Sadric murió hace un año, musitando una alegre bienvenida a la que acudía a reclamar su alma. Sadric no había conocido, durante la mayor parte de su vida, otra mujer que su esposa, aunque la Emperatriz había muerto al traer al mundo a su único vástago, aquel ser escaso de sangre. En efecto, Sadric, en sus emociones melnibóneas (tan distintas y ajenas a las de los humanos recién llegados), había amado siempre a su esposa y no había encontrado placer en ninguna otra compañía, ni siquiera en la del hijo que había causado su muerte y que era lo único que quedaba de ella. Pociones mágicas, hierbas extrañas y encantamientos nutrieron al pequeño cuya vida mantenían artificialmente todas las artes de los Reyes Hechiceros de Melniboné. Y ha sobrevivido –sigue haciéndolo- gracias sólo a la brujería, pues Elric es de naturaleza extremadamente lánguida y, sin sus pócimas, apenas podría alzar la mano del trono en todo el día.
Si alguna ventaja ha obtenido el joven emperador de esta permanente debilidad, quizá sea que, por fuerza, ha leído mucho. Antes de cumplir los quince años había leído todos los volúmenes de la biblioteca de su padre, algunos más de una vez. Sus poderes ocultos inicialmente de Sadric, son ahora superiores a los poseídos por sus antecesores en muchas generaciones. Tiene un profundo del mundo más allá de las costas de Melniboné, aunque todavía carece de experiencia directa de él. Si lo deseara, podría resucitar el antiguo poder de la Isla del Dragón y regir esta y los Reinos Jóvenes como un tirano invulnerable. Pero sus lecturas le han enseñado también a preguntarse por el uso que se da al poder, a cuestionar sus motivos, incluso a poner en cuestión si debería utilizar el suyo, por causa alguna. Sus lecturas le han llevado a esta moral que, con todo, apenas comprende. Por eso, para sus súbditos es un enigma y, para algunos, una amenaza pues el albino no piensa ni actúa de acuerdo a sus cánones sobre cómo debe pensar y actuar un auténtico melnibonés (y más en concreto, un emperador de Melniboné). Su primo Yyrkoon, por ejemplo, ha sido oído más de una vez expresando profundas dudas sobre el derecho del emperador a regir al pueblo de Melniboné. “Ese enfermizo ratón de biblioteca nos llevará a todos a la ruina” dijo una noche a Dyvim Tvar, Señor de las Cavernas del Dragón.
Dyvim Tvar es uno de los pocos amigos del emperador y se había apresurado a informarle del comentario, pero el joven monarca quitó hierro al tema calificándolo de una traición trivial, cuando cualquiera de sus antecesores habría recompensado tales sentimientos con una lenta y refinada ejecución pública.
La actitud del emperador se complica más aún por el hecho de que Yyrkoon, quien ahora ya casi no esconde sus sentimientos de que debería ser él quien ocupara el trono, es hermano de Cymoril, la muchacha a quien el albino considera su persona más amiga y a quien, algún día, quiere hacer emperatriz.
En el piso de mosaico de la corte puede verse al príncipe Yyrkoon con sus más finas sedas y pieles, con sus joyas y brocados, bailando con cien mujeres, todas las cuales –se dice- han sido amantes en algún momento. Las morenas facciones de Yyrkoon, a la vez hermosas y taciturnas, están enmarcadas por un largo cabello negro, ondulado y ungido de aceites; su expresión es, como siempre, sardónica y su porte arrogante. La pesada capa de brocado se mece a un lado y a otro, sacudiendo a los demás bailarines con cierta fuerza. La lleva casi como si fuera una armadura o, quizás, un arma. Entre muchos de los cortesanos, el príncipe Yyrkoon goza de algo más que respeto. Pocos se sienten heridos por su arrogancia, e incluso estos guardan silencio, pues se sabe que Yyrkoon es también un brujo de consideración. Además su comportamiento es el que la corte espera y agradece en un noble Melniboné; es el que desearía n ver en su emperador.
Y el emperador lo sabe. Le gustaría complacer a su corte, que se esfuerza en halagarle con bailes y diversiones, pero no consigue animarse a participar en lo que, privadamente, considera una secuencia tediosa e irritante de posturas rituales. En esto, quizá sea más arrogante que Yyrkoon, quien es bastante patán.
Desde los pórticos, la música se hace más alta y compleja cuando los esclavos, especialmente instruidos y sometidos a una intervención quirúrgica para cantar una única nota perfecta, son estimulados a un esfuerzo más apasionado. Hasta el joven emperador se emociona ante la siniestra armonía de la canción, que poco se parece a nada de lo emitido hasta ahora por una garganta humana. ¿Por qué ha de producir su dolor una belleza tan espléndida?, se pregunta. ¿O es que toda belleza se crea mediante el dolor? ¿Es éste el secreto del gran arte, tanto en Melniboné como entre los humanos?
El emperador Elric cierra los ojos.

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