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Los girasoles ciegos A. Mendez

Ficha de la obra

Vencidos victoriosos
Herme G.Donis

Casi todo resulta sorprendente en este libro que la editorial Anagrama publicó en enero de 2004. Su autor, Alberto Méndez, tenía 63 años cuando ve publicada esta primera obra y muere once meses después sin apenas saborear el éxito que tras su muerte tendría el libro. Durante los meses posteriores a su publicación, y a pesar de las buenas críticas que la novela recibe, las ventas de ésta se hacen casi de una forma clandestina. Algunos comentaristas de radio dan la voz de alerta sobre las cualidades de Los girasoles ciegos. Recomiendan su lectura con pasión y, a partir de ahí, el boca a boca termina por convertirlo en un libro de referencia obligada. Como consecuencia, las ventas comienzan a dispararse (baste decir que a fecha de hoy la editorial ya ha lanzado al mercado ocho ediciones (unos 28.000 ejemplares, según el editor) y el libro consigue primeramente, y en vida de su autor, el Premio Setenil de relatos y posteriormente (ya fallecido Alberto Méndez) los importantes Premios de la Crítica y Nacional de Narrativa. Pendiente quedó el Premio del Gremio de Libreros de Madrid, ya que éste sólo se concede a autores vivos. Pero lo más importante de todo es que Méndez ha contado con un favor que es el mejor de los premios para cualquier creador: la entrega incondicional de los lectores. Casi dos años después de su publicación, el libro aún se sigue recomendando en público y en privado y pocos dudan en saludarlo como una de las obras más importantes publicadas en los últimos tiempos.

¿Pero quién fue Alberto Méndez y qué es Los girasoles ciegos? Alberto Méndez Borra nació en Roma en 1941. Su padre, el poeta y traductor, José Méndez Herrera, trabajaba en aquel momento en la ciudad italiana para la FAO. Muchos lectores puede que recuerden a este último sobre todo como traductor habitual de la editorial Aguilar, para la que tradujo muchas obras de autores tan importantes como Irving, Stevenson, Eliot, Dikens, Chesterton, Bernard Shaw, Tennessee Williams, etc, llegando a conseguir en 1962 el Premio Nacional de Traducción por su versiones de las obras teatrales de Shakespeare. Alberto Méndez, hombre de izquierdas, (milita en el Partido Comunista hasta 1982) estuvo siempre vinculado, de una u otra manera, al mundo de la edición. En su lucha contra el franquismo crea, entre otras, la editorial política “Ciencia Nueva”que clausura Manuel Fraga Iribarne en su época de ministro de la dictadura franquista. Asimismo, llega a ser un alto ejecutivo de la editorial Montena y se dedica a labores de guionista (colaboró en programas dramáticos de RTVE y fue guionista con Pilar Miró) y traductor a veces en solitario y otras en compañía de su hermano Juan Antonio, como ocurre con el libro del marxista italiano Galvano della Volpe Lo verosímil fílmico y otros ensayos, del que el propio Méndez es prologuista.

Últimamente la narrativa se ve inundada de textos referentes a la Guerra Civil Española. Ante este auge son muchas las voces que se alzan bien para celebrarlo o para recordarnos que después de tantos años la palabra “reconciliación” sea aún tan difícil de aceptar. Pero libros como Los girasoles ciegos nos ofrecen unas lecturas fascinantes que, lejos de soliviantar sensibilidades, vienen a poner de manifiesto que es necesario conocer la historia para entender el presente y proyectar el futuro. Los girasoles ciegos es un libro de cuentos articulado a lo largo de cuatro historias- cuatro derrotas, dice el autor- que transcurren entre el período quizá más duro de la posguerra, que va desde 1936 a 1942, y que siendo totalmente independientes están hábilmente entrelazadas entre sí. Sus personajes son seres vencidos. Seres que se encuentran en un camino sin retorno recorriendo una senda de dolorosa entrega e ignorantes de en qué momento su ya maltrecha existencia dará de bruces contra el polvo.

El primer relato, o primera derrota, nos habla del capitán Alegría. Oficial del ejército fascista, Carlos Alegría se rinde a los republicanos cuando las tropas golpistas están entrando en Madrid. Postura que, lógicamente, no es entendida por ninguno de los dos bandos, pero que el oficial explica que toma, entre otras muchas razones aparentemente arbitrarias, porque sus correligionarios no querían ganar la guerra, sino matar al enemigo. Su entrega le acallará la mala conciencia de haber sido miembro de un ejército que, para vencer, ha tenido que cometer tantas atrocidades y crímenes Como dice Ramón Pedregal a propósito de una reseña sobre el libro: “El capitán Alegría es un Bartleby que cuestiona la norma de aquellos con los que vive y no puede abandonar su visión de lo que ocurre”.

La segunda derrota, quizá el relato más logrado y sobrecogedor de los cuatro, nos cuenta el breve periplo de un joven poeta que huye de los vencedores hacia las montañas asturianas en compañía de su mujer embarazada. En medio de la soledad y el frío la muchacha da a luz a un niño y muere tras el parto. A través de un diario íntimo, donde el adolescente deja escrito su miedo, se nos va poniendo en antecedentes de la vana lucha que emprende el joven padre para salvar la vida de su hijo.

El tercer relato, o tercera derrota, gira alrededor del soldado republicano Juan Serna. Cuando el presidente del tribunal que debe juzgarle y su mujer se enteran de que el soldado enemigo conoció y vio morir a su hijo (un ser abyecto que fue fusilado por sus múltiples delitos) le conminan a que hable y hable sobre ese hijo. Intentando arañar unos días más a la existencia, convierte al joven traidor en el héroe que quieren los padres. Mas la impostura pronto le asquea y cuenta la verdad. Verdad que indefectiblemente le llevará a la muerte.

La historia, o la cuarta derrota, que cierra el libro transcurre en la opresiva vida cotidiana del nuevo régimen. En ella se habla de Ricardo. Un “topo” al que toda la familia protege entre miedos y silencios. Desde el armario en el que vive encerrado contempla impotente y horrorizado el acoso libinidoso que sufre su mujer por parte de un diácono, profesor del hijo del matrimonio. El final es dramático y desolador.

Alberto Méndez nos ha dejado con su única obra no sólo un extraordinario ejemplo de composición literaria, sino -y a pesar, de la crudeza de todas las situaciones- una continua muestra de sensibilidad, que puede conmover a todo tipo de lectores. Sencilla, realista y a la vez cargada de simbolismos, Los girasoles ciegos es una obra sobre la memoria. Sobre una memoria colectiva que debe tener definitivamente su asentamiento en el lugar que le corresponde. Porque superar la tragedia de aquella España de represión, marchas militares y ruido de sables, exige, como se dice en la cita inicial de Carlos Piera, asumir, no pasar página o echar en el olvido.

Critica de la obra

El pais. Babelia. 15/10/05
Cuando un peculiar libro de cuentos, como es Los girasoles ciegos, contra todo pronóstico comercial razonable, gana el Premio de la Crítica, el Premio Nacional de Literatura, agota seis ediciones (unos quince mil ejemplares, según su editor), y consigue vender los derechos de traducción a Alemania, Francia, Italia y Serbia, es que algunas virtudes especiales debe tener. Y claro que las tiene: la emoción que produce su lectura y la indiscutible calidad literaria.

El caso es que en una sociedad en la que las novelas insustanciales ocupan tanto espacio mediático, hasta el punto de que apenas dejan sitio para los empeños literarios discretos, más honestos y ambiciosos, como el de Alberto Méndez, es un auténtico milagro que un jurado tan estrambótico como el reunido en el Ministerio de Cultura (hay entre sus miembros honrosas excepciones, claro está; en esto el actual Gobierno no ha logrado distinguirse del anterior) haya acertado plenamente. Lo que no significa que no hubiera otros libros merecedores de reconocimiento, como las novelas de Javier Marías y Luis Mateo Díez, e incluso las memorias de Carlos Castilla del Pino. Hay, por tanto, que alegrarse, y mucho, pues la decisión del año pasado, junto con la forma en que se compuso también entonces el jurado, habían dejado el prestigio del galardón bastante mermado.

¿Por qué tachaba antes Los girasoles ciegos de libro de cuentos peculiar? Pues porque de entre las diversas maneras en que puede organizarse un volumen de cuentos, el autor había optado por la que quizá fuera la más compleja, la que denominamos "ciclo de cuentos", una modalidad a la que también pertenecen, por mencionar un par de buenos ejemplos, Dublineses, de Joyce, y los Cuentos del Barrio del Refugio, de José María Merino. En estos libros de relatos, las piezas, aunque mantengan su valor independiente, aparecen asimismo trabadas, generando otra unidad de sentido distinta.

Pero también es éste un libro de narraciones sobre la Guerra Civil y sus consecuencias políticas y sociales, el último eslabón de una ya riquísima tradición literaria que ha tenido en Max Aub y Juan Eduardo Zúñiga, por sólo citar nombres indiscutibles, algunos de sus mejores cultivadores. Al leerlo por primera vez recordé una frase de Cervantes que le gustaba citar al autor de La gallina ciega: "Con ser vencidos llevan la victoria".

Si no recuerdo mal, el libro de Alberto Méndez apareció en la editorial Anagrama en febrero de 2004, cosechó numerosas y excelentes críticas (de Santos Sanz Villanueva, Ángel Basanta, Juan Antonio Masoliver, Antonio Garrido, Pilar Castro, Pedro M. Domene y Francisco Solano, entre otros), y obtuvo en diciembre el Premio Setenil, que gracias a la iniciativa y al excelente olfato literario de Manuel Moyano y Ramón Jiménez Madrid, se concede en Molina de Segura (Murcia) al mejor libro de cuentos del año.

Cuando el 10 de abril se falló el Premio de la Crítica, el libro continuaba en la primera edición, la segunda apareció unas semanas después y desde entonces no han dejado de sucederse de manera imparable. Lo recuerdo bien porque he observado en diversas ocasiones cómo Marta Ramoneda, de la librería La Central, de Barcelona, quien utilizó el libro de Méndez en el Taller de Lectura que coordina en el Raval, y un cliente habitual con pinta de profesor latoso, cantaban alborozados la aparición, una tras otra, de las sucesivas ediciones... Éste es, por tanto, el típico caso de un libro que funciona por el boca a boca, por la recomendación de los lectores, tras la llamada de atención que supuso el Premio de la Crítica.

ya se ha recordado hace poco en estas mismas páginas, su militancia en el partido comunista, y su vinculación con el mundo editorial, sobre todo a la prestigiosa editorial Ciencia Nueva. Lo que quizá sea menos conocido es que nació en Roma porque su padre, el poeta y traductor José Méndez Herrera, trabajaba para la FAO, aunque los lectores veteranos lo recordarán como traductor habitual de la editorial Aguilar, de autores tan importantes como Goldoni, Dickens, Stevenson, Chesterton y J. B. Priestley, entre otros. Así, en 1962, obtuvo el Premio Nacional de Traducción por su versión de las obras teatrales de Shakespeare.

Dos meses antes de morir, en un correo electrónico que le envió a un amigo, Alberto Méndez afirmaba: "Mi vida ha sido, y así pretendo que sea, una vida oscura y oscurecida por mi dedicación al trabajo y a la familia. El resto ha sido mi militancia política, la clandestinidad, y una obcecación tan fracasada como enfermiza por contribuir a la caída de la dictadura. Lo malo es que, además de no caer, me arrojó encima toda la excrecencia que dimanaba".

No menos interés tiene un breve texto que compuso con motivo de la concesión del Premio Setenil, titulado En torno al cuento. En él, además de señalar a Borges, Cortázar y Carver como sus cuentistas preferidos, apuntaba las virtudes y defectos del género. Así, señala que el cuento se caracteriza por su capacidad sintética y desarrollo vertiginoso, porque sólo utiliza los elementos esenciales de la narración: planteamiento sucinto, enredo esquemático, personajes paradigmáticos y desenlace sorpresivo. Cuando todo ello se logra, comenta, se consigue la dosificación y el equilibrio interno adecuado que convierten al cuento en un género absolutamente moderno.

rirme al libro, aunque ya haya sido suficientemente explicado y valorado. En Los girasoles ciegos se narran cuatro historias de horror y desolación, en las que se ahonda en las razones de la derrota, no en vano los subtítulos de los cuentos aluden a ella. Son relatos para activar la memoria, contra el olvido, y en defensa de la idea de que en una guerra entre hermanos, al fin y a la postre, todos son perdedores. Quizá por ello los personajes a los que se les proporciona voz, siempre seres anónimos, aparezcan desorientados, perdidos, como los "girasoles ciegos" del título, como el Hermano Salvador de la última pieza del conjunto. La cita inicial de Carlos Piera nos incita a asumir la historia, a no olvidarla, a cumplir con el correspondiente duelo que supone el reconocimiento público.

Éste es, por tanto, uno de esos pocos libros que puede satisfacer a todo tipo de lectores. Por un lado, es sencillo y profundo a la vez; realista, pero cargado de simbolismo. Por lo que no me parece arriesgado repetir la propuesta que hace ya varios meses les hice a los lectores de la revista Quimera, sin que mi economía haya sufrido hasta ahora merma alguna por ello. Estoy tan seguro de que van a disfrutar y a emocionarse con la lectura de estos cuentos que me comprometo a devolverles el dinero a todos aquellos que se sientan decepcionados con su lectura. Es una oferta sin riesgo alguno.

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